El Miedo y el Último Territorio de la Libertad

Por Pedro Urruchurtu

El miedo y el último territorio de la libertad

Pedro Urruchurtu

He pensado mucho en el miedo. No como concepto académico ni como ejercicio intelectual, sino como experiencia vivida. En los regímenes autoritarios, el miedo no es un accidente: es un método, porque todos tenemos un número y el régimen decide cuando lo llama. No solo se gobierna con fuerza; se gobierna sembrando temor. Y cuando el miedo se vuelve sistema, deja de necesitar muros visibles: cada persona aprende a vigilarse a sí misma, a medir sus palabras, a reducir sus sueños. Así se construye una cárcel más eficiente que cualquier prisión: la que se instala en la conciencia, aunque también la libertad se hace espacio entre las grietas de la resistencia. Allí nadie puede dominarnos.

Lo he visto de cerca. He visto cómo el miedo organiza la vida de una sociedad, cómo convierte el silencio en norma y la autocensura en reflejo, pero también como se vuelve fuerza silenciosa, casi indetectable. El miedo no busca solo que obedezcas; busca que interiorices la obediencia, que la confundas con prudencia, que termines creyendo que no hay alternativa. Esa es su victoria más peligrosa: cuando ya no hace falta imponerse desde fuera porque ha sido aceptado por dentro. Pero su derrota más grande es cuando, a pesar de todo su empeño, sabes que jamás estará bien vivir así, por lo que desobedecer se vuelve deber.

He aprendido algo esencial: el miedo nunca lo controla todo. Puede encerrar cuerpos, puede restringir movimientos, puede amenazarlo casi todo. Pero hay un territorio al que no puede entrar sin nuestro permiso: la mente y el espíritu. Yo estuve privado físicamente de libertad, pero nunca dejé de ser libre por dentro. Fui libre en pensamiento, fui libre en conciencia, fui libre en decisión. Y esa libertad interior, que no se ve, pero que se siente, es la que explica por qué ningún sistema represivo es realmente invencible.

Viktor Frankl lo entendió en uno de los escenarios más extremos de la deshumanización. En El hombre en busca de sentido, uno de mis libros de cabecera, escribió que podían quitarnos todo, menos una cosa: la libertad de elegir nuestra actitud frente a lo que nos ocurre. Esa frase deja de ser literatura cuando se vive. El miedo sigue ahí, es real, es concreto, es pesado. Pero deja de ser un destino inevitable y se convierte en un desafío. No decide por ti si tú no se lo permites. De ahí que cuando parafrasea a Nietzsche que menciona que “quien tiene un porqué para vivir, puede soportar casi cualquier cómo”, entiendo que todo está en nuestro propósito de lucha; la razón que nos hace atravesar el desierto.

Los estoicos lo dijeron hace siglos con una claridad incómoda para cualquier tiranía. Epicteto enseñaba que hay cosas que dependen de nosotros y cosas que no. Marco Aurelio recordaba que el verdadero poder es gobernarse a uno mismo. En tiempos normales, eso puede sonar a filosofía personal. En tiempos de opresión, es profundamente político. Porque un régimen que vive del miedo necesita que creamos que todo lo importante depende de él: nuestra seguridad, nuestro futuro, incluso nuestra vida. Y cuando aceptamos eso sin reservas, ya hemos entregado más de lo que nos pueden arrebatar por la fuerza.

No se trata de negar el peligro ni de romantizar el sufrimiento. El miedo muchas veces está justificado y nos recuerda que estamos vivos, que sentimos. Sería irresponsable fingir lo contrario. Pero hay una diferencia decisiva entre sentir miedo y vivir gobernado por él. Resistir no es no tener miedo. Resistir es decidir que el miedo no será el árbitro final de tu conducta ni de tus principios.

He visto cómo el miedo deforma a una sociedad, pero también he visto cómo delata la debilidad del poder que lo necesita. Un poder legítimo no necesita aterrorizar para sostenerse. Cuando un régimen depende del miedo, es porque carece de algo más profundo: legitimidad, confianza, autoridad moral. Por eso, cada acto de dignidad, incluso pequeño, incluso silencioso, tiene un impacto que va más allá de lo individual: rompe la ficción de que el opresor es todopoderoso.

La valentía, en la vida real, casi nunca es épica. No suele tener forma de discurso grandilocuente. A veces es simplemente negarse a repetir una mentira. A veces es decir una verdad incómoda. A veces es ayudar a otro cuando ayudar tiene un costo. Frankl observó que, en las mismas condiciones extremas, algunos se convertían en verdugos y otros en ejemplos de humanidad. Las circunstancias eran las mismas. Lo que cambiaba era la elección interior. Por eso, como nunca cobra sentido eso que decía Václav Havel de “vivir en la verdad”.

Por eso creo que el miedo es un umbral. Puede ser la puerta de entrada a la resignación o el punto de partida de una libertad más profunda. No una libertad abstracta, sino esa que nadie puede confiscar del todo: la de no traicionarse a uno mismo. Yo aprendí que se puede estar encerrado físicamente y seguir siendo libre por dentro. Y también aprendí algo más, ahora desde el exilio al que también muchos llaman destierro: uno nunca es completamente libre mientras su país no lo sea.

Nadie será libre del todo mientras Venezuela no sea libre. Esa no es una consigna retórica; es una verdad existencial. El exilio, la persecución, la cárcel, la represión transnacional que no conoce fronteras, te enseñan que la libertad no es sólo un estado individual: es una condición colectiva. Mi libertad interior me sostuvo. Pero mi horizonte siempre fue, y sigue siendo, la libertad de Venezuela.

La pregunta, al final, nunca es si tendremos miedo. Lo tendremos. La verdadera pregunta es qué lugar le daremos en nuestra vida. Si lo convertiremos en amo o en señal. Si dejaremos que organice nuestro silencio o si lo usaremos como recordatorio de lo que está en juego. Porque en ese espacio íntimo donde se decide entre ceder o mantenerse en pie, no solo se juega la dignidad personal: se juega también la posibilidad real de un país distinto. El único país posible: una Venezuela en libertad.