Los retos por cumplir
• Por Antonio Ledezma
Venezuela se encuentra ante una encrucijada histórica que exige algo más que simples reformas superficiales; requiere una refundación estructural. El camino hacia la reconstrucción nacional transita obligatoriamente por tres vías fundamentales: el rescate urgente de la disciplina monetaria para erradicar el flagelo inflacionario, el reordenamiento responsable de las finanzas y la deuda pública, y la revitalización profunda de los servicios básicos y el sistema educativo. Solo mediante la restitución del hilo institucional y la mirada puesta en la vanguardia del desarrollo global será posible rescatar a la nación del abismo y devolverle la dignidad a sus ciudadanos.
El primer paso imperativo es darle un frenazo definitivo a las emisiones de dinero inorgánico, que es la locomotora que desboca la inflación. Esta práctica está explícitamente prohibida en la Constitución, pero el desorden financiero que puso en escena Hugo Chávez, y que han continuado sus herederos, nos ha conducido a este desastre. No titubearon a la hora de pisotear la Ley del Banco Central de Venezuela (BCV), la cual limita estrictamente el financiamiento a empresas del Estado. Lo hicieron deliberadamente con la petrolera estatal (PDVSA), inyectándole miles de millones de dólares por mes que terminaron desapareciendo en las garras de la corrupción. Por ello, es urgente poner un límite drástico a estas acciones: ese libertinaje se tiene que acabar. El Banco Central no debe prestar dinero a ninguna empresa o institución del sector público. Recuperar nuestro signo monetario ---hoy distorsionado y pulverizado por el populismo y el tráfico de corruptelas--- solo será posible cuando en Venezuela existan verdaderas instituciones y una real separación de poderes, comenzando por devolverle la autonomía y la institucionalidad al BCV.
De forma simultánea, la renegociación y reestructuración de la deuda pública se presenta como otra tarea urgente para poner orden en el país, especialmente ante la enorme incertidumbre que generan los compromisos contraídos con China, Rusia e Irán, así como el caso de la deuda en bonos, que refleja innumerables irregularidades. Esa renegociación debe llevarse adelante con la mayor transparencia, bajo la dirección de venezolanos capacitados y comprometidos éticamente c n los interés de la república.
Tras esta amarga experiencia, se hace indispensable colocarle una «camisa de fuerza» de contención y límites estrictos a los entes del Estado para evitar el endeudamiento injustificado de cara al futuro.
Asimismo, resulta imperativo crear un fondo de ahorro intergeneracional y de estabilización macroeconómica. En el pasado, Venezuela dio pasos importantes en ese sentido: primero se creó el Fondo de Inversiones de Venezuela (FIV) durante la primera administración de Carlos Andrés Pérez; posteriormente, el propio expresidente Pérez replanteó este modelo en su segundo mandato con el proyecto del Fondo de Ahorros de la Nación. Aunque esa idea fue inicialmente dejada de lado, el Dr. Rafael Caldera la retomó en su mandato a partir de 1994 bajo el nombre de Fondo de Estabilización Macroeconómica, un instrumento que lamentablemente fue desvalijado por el régimen de Hugo Chávez.
Por otra parte, la recuperación de la red de servicios públicos es un clamor nacional insoslayable. Lo que está dejando el cacareado «Socialismo del Siglo XXI» es un desastre visible en un país en ruinas: no hay luz, no hay agua potable, ni contamos con un transporte público digno. Los hospitales están sin personal adecuado, sin insumos, sin medicinas y con infraestructuras totalmente deterioradas. En esa misma situación de devastación se encuentran las escuelas: sin maestros, con más de un millón de niños al margen de la escolarización, y con alumnos desnutridos que acusan un rezago asombroso en comparación con el rendimiento que se verifica en países vecinos de América Latina. La educación que debemos poner en marcha en Venezuela debe estar interrelacionada con el salto tecnológico que impacta al mundo. Estar ajenos a esos espectaculares avances científicos, como el que representa la inteligencia artificial, es resignarse a quedarse estancado como país en el más lamentable y desolador atraso.
A pesar de la magnitud de la ruina material y moral que hoy padecemos, la última palabra no la tiene el desastre, sino la inquebrantable voluntad de su gente. Venezuela posee el talento, la memoria histórica de sus aciertos y el coraje necesario para levantarse de las cenizas. La reconstrucción de nuestras instituciones, el renacer de nuestras aulas y el reencuentro de las familias separadas por el éxodo no son metas inalcanzables, sino promesas pendientes que estamos decididos a cumplir. Más allá de la oscuridad del presente, brilla la certeza de una nación libre, próspera y moderna; un país que volverá a ser foco de libertad en el continente y donde las nuevas generaciones podrán crecer, crear y triunfar bajo el cielo de una patria digna y soberana. La hora de la reconstrucción ha llegado, y el futuro nos pertenece.