¿Cómo Quiero Vivir?
• Por Antonio Ledezma
Quiero vivir en libertad. Plenamente. Por eso apuesto a la democracia, sin titubeo alguno. La democracia es el sistema, con todas sus imperfecciones, que más se acerca a ese sentimiento. Debemos avanzar hacia un país en donde vivamos siendo tolerantes con quienes discrepan de ideas o criterios que cada quién defiende porque es su credo. Uno de los primeros en felicitar efusivamente a Hayek por su obra Camino a la servidumbre, fue Keynes.
Vamos hacia un país en donde podamos debatir, deliberar o intercambiar puntos de vistas, sin que nadie pretenda imponerse por creerse poseedor del monopolio de la verdad. Ese fue el intento de los líderes firmantes del Pacto de Puntofijo. No claudicaron en sus predicamentos partidistas, no arriaron banderas de sus organizaciones políticas, pero tampoco las izaron por encima de los intereses del país cuya democracia era imprescindible refundar. Miro hacia el futuro inmediato y me imagino viviendo en un país donde los ciudadanos reconozcamos con humildad, deslastrarse de poses arrogantes y falsos orgullos, que no es posible tener respuestas para todo, de allí la necesidad de promover discusiones, no temer a las reformas, a los cambios, a la modernidad, a la necesidad y conveniencia de adaptarnos a las realidades que van apareciendo con el tiempo. Porque solo contrastando razonamientos encontraremos la verdad, y escuchar con respeto no significa ceder ni renunciar a tu manera de pensar, ni que tengan que acatar lo que uno u otro diga o sostenga.
En la Venezuela de la reconstrucción democrática aspiro vivir como parte de un país donde todos estemos asistidos del valor de admitir si estamos cometiendo un error y ser capaces de reconocer cuando el adversario tienen razón, eso es convivencia, coexistencia y capacidad para remediar desencuentros sin que sea necesario maltratarnos unos a otros. Insisto en el valor de la solidaridad. Cultivar bien esos valores nos ayudará a compartir esfuerzos como miembros de un equipo, eso debe ser Venezuela para todos los venezolanos, un equipo con la identidad de su bandera, su escudo, sus símbolos en general deben estar en nuestra camiseta y nosotros debemos sudarla cada vez que sea necesario hacer un sacrificio por ella. Ser solidario con el prójimo, sin poses ni especulaciones sobre el bien que se haga. Ese gusanillo de la solidaridad es el que desata en el alma de los funcionarios públicos o de los líderes vecinales la preocupación y el afán de trabajar para que en la comunidad no falte el agua potable, ni las redes de canalización de aguas servidas, ni las escuelas ni las instalaciones deportivas, ni las aceras ni las calles pavimentadas.
En una democracia auténtica, plena, todos debemos animarnos a valorar y reconocer las iniciativas y emprendimientos de los demás. Vamos hacia un país en el cual siempre estemos dispuestos a defender, sin miramientos, las virtudes de la democracia. Estar listos siempre a poner en evidencia que la democracia es la mejor forma de vivir, frente a los trasnochos de esa vieja izquierda que depende de consignas y retóricas dogmáticas. Que el comunismo sólo deja desgracias como las que padecen hoy los cubanos, nicaragüenses y venezolanos. Que el marxismo es una utopía anclada en esos irrealizables fetiche y esquema de “la sociedad perfecta, sin clases, sin explotados ni explotadores”.
¿Hacia dónde vamos? Hacia un país donde exista una economía solidaria de mercado. En el que todos nos esmeramos en hacer posible el crecimiento económico de Venezuela. Donde el Estado sea reducido a lo indispensable, sin llegar a los extremos de los anarquistas que apuntan a su desaparición total. Tengo claro que es una gran mentira eso de que pueden existir mercados prescindiendo de la democracia, como también tengo claro que toda democracia lleva aparejado su mercado. Me inclino por el mercado libre, pero con un acento social. Porque crecer económicamente es tan importante como lograr el desarrollo humano.
Que se piense en el equilibrio de la balanza de pagos, pero también en salarios justos y en una buena política de pensiones. Que se busque la eficiencia como una obsesión, en la productividad, en las guarderías y en las viviendas planificadas que vayan suplantando los suburbios insalubres. En los parques, en la ciencia y la tecnología sin dejar de pensar en las ciclovías, en el calentamiento global y en las secuelas que deja la violencia de género.
¿Hacia dónde vamos? Hacia un país en donde sea posible crear buenos empleos, generar abundantes riquezas y consolidar un vigoroso sistema de protección social. En donde los niños tengan garantizada su educación temprana, también su incorporación a los siguientes ciclos de formación educativa con calidad. Que nuestros jóvenes emerjan de las aulas educativas con el título de emprendedores.
Vamos hacia un país que deje como parte del pasado su condición de rentista, que demostremos que podemos diversificar nuestra economía, recaudar impuestos, redistribuir los ingresos con una progresividad que permita la justicia de la que tanto alardeamos.
Vamos hacia un país donde será posible controlar el gasto público y evitar endeudamientos que no se correspondan con una agenda de gobiernos con una visión de corto, mediano y largo plazo. Creo que dejaremos atrás, bien lejos, el intervencionismo; que en vez de caudillos expropiando la propiedad privada, resplandezca la libertad económica; que en vez de dictadores pisoteando leyes, brille la seguridad jurídica; y que en vez de cerrarnos al mundo libre se imponga la apertura económica y comercial.
Vamos hacia un país en donde sea un pecado capital incurrir en actos de corrupción. Que se premie la honestidad y se repudie el latrocinio. Que el decoro, las buenas costumbres y la familia sean un símbolo real en la sociedad. Que rendir cuentas sea la regla que se cumpla rigurosamente, que nada se haga en la opacidad, sobre todo cuando se trata de administrar dineros públicos.
Vamos hacia un país en donde elegir sea una posibilidad que nunca esté ni en riesgo ni en duda. Donde haya alternancia en el ejército de cargos públicos y no se admita la reelección indefinida. Que nunca jamás se sospeche de fraudes, ni de votos trucados, ni de compra de conciencias, ni de intimidaciones que atenten contra la libertad de conciencia.
Vamos hacia un país en donde tramitar el pasaporte, tu cédula de identidad, tu licencia de conducir, apostillar tu título profesional, registrar o notariar un documento, sea algo rutinario, un procedimiento que se haga sin demoras ni tener que caer en las redes de los gestores que trafican desde las dependencias públicas obligadas a asistir a todos los ciudadanos sin más requisitos que los que establezcan las normas respectivas para adelantar estos trámites.
Vamos hacia un país de donde podamos salir sin que sea espantados por el miedo de morir de hambre o de un disparo y que cuando mostremos nuestro pasaporte lo hagamos con el orgullo de ser reconocidos como venezolanos.
Vamos hacia un país en donde no te veas obligado, más nunca, a cruzar esas alcabalas del oprobio, para que nunca más escuchemos esa frase de la desvergüenza !deme algo para los frescos!
Vamos hacia un país en donde nunca más ningún ciudadano que sea beneficiario de un servicio del estado o ocupe un cargo en la administración pública, sea obligado a desfilar, uniformado, en eventos de proselitismo político contra su propia voluntad.
!Vamos hacia la gran Venezuela que nos merecemos todos!