Con Las Tablas en La Cabeza
• Por Antonio Ledezma
El pasado lunes 22 de septiembre de 2025 quedará grabado en la historia como un día de humillación absoluta para el dictador Nicolás Maduro y su régimen agonizante. Mientras el mundo observaba, el tirano venezolano fue zarandeado, sin contemplaciones ni más indulgencias diplomáticas, en el Consejo de Derechos Humanos de la ONU en Ginebra, donde sus representantes legítimos quedaron expuestos, aislados y aplastados bajo el peso de informes demoledores, testimonios desgarradores y alegatos irrefutables. Tal como lo ha dicho nuestro presidente electo Edmundo Gonzalez Urrutia, “hay verdades que no admiten discusión”.
La sesión dio lugar a una maratón de corroboraciones que no dejaron lugar a dudas: el régimen de Maduro viola de manera sistemática los más elementales derechos humanos y ejecuta un feroz terrorismo de Estado, conductas criminales que constan en las probadas detenciones arbitrarias, torturas sistemáticas y una represión que no ceja ni ante niños, periodistas, estudiantes, comerciantes, gremialistas y activistas políticos opositores inocentes.
La Misión Internacional Independiente de Determinación de los Hechos de la ONU presentó un informe devastador que documenta, con precisión quirúrgica, la persecución política como crimen de lesa humanidad, incluyendo encarcelamientos masivos y privaciones graves de libertad. Las detenciones arbitrarias poselectorales superaron la cifra de 2.220 personas, y entre septiembre de 2024 y agosto de 2025, se registraron al menos 220 detenciones de menores de edad —187 niños y 22 niñas— por el mero hecho de protestar contra el fraude electoral de julio de 2024.
La represión contra la prensa es igualmente brutal: 18 periodistas arrestados arbitrariamente en el último año, sin órdenes judiciales ni posibilidades de pretextar la condición de flagrancia. Por todo lo expuesto en la sesión de este lunes 22 de septiembre del año en curso, países como Noruega, Suiza, Bélgica, Luxemburgo, Portugal, Perú, Chile, Paraguay, Brasil, Argentina y Países Bajos no se guardaron ni un solo argumento para condenar esta conducta delictiva. Suiza, en particular, denunció la “presión externa” como excusa falaz del régimen, mientras que los Países Bajos exigieron acceso consular inmediato a los detenidos. La Unión Europea y especialmente España se unieron al coro demandando la liberación inmediata de todos los presos políticos y el fin de esta maquinaria de terror. 84 extranjeros de 29 países fueron detenidos. Vale acotar que 20 ciudadanos españoles son también presas de esas detenciones arbitrarias. Maduro, con las tablas en la cabeza, vio cómo su narrativa se desmoronaba ante las inculpaciones que lo señalaban directamente como responsable de la cadena de mando represiva.
Simultáneamente, al otro lado del Atlántico, la vocera de la Casa Blanca, Karoline Leavitt, lo dejó en ridículo al responder preguntas sobre la cacareada “carta” de Maduro al presidente Donald Trump. En un tono tajante la vocera de la Casa Blanca confirmó que “Maduro no tiene legitimidad alguna” y calificó el mensaje de inapropiado e inoportuno, repleto de agravios hacia Trump al acusarlo de dejarse llevar por “fake news”. La carta, enviada el 6 de septiembre y publicada por el régimen tras su filtración parcial, pretendía invitar a “diálogo constructivo” mientras rechazaba las acusaciones de narcotráfico, pero confundía sumisión con arrogancia: frases que ilusoriamente daban “órdenes” a Trump sobre cómo actuar en el Caribe. La Casa Blanca la revisó y la descartó de plano: “Está llena de mentiras repetidas por Maduro. Nuestra postura no ha cambiado”. Esto, en medio de una ofensiva naval estadounidense que ha hundido cuatro narcolanchas ligadas a cárteles que operan en territorio venezolano. Todos esos hechos han tenido lugar después de haber elevado la recompensa por la captura de Maduro a 50 millones de dólares.
El dictador, acorralado, se resignó al consuelo de su par colombiano, Gustavo Petro, quien insólitamente se mordió la lengua para impedir que sus delegados ante el Consejo de Derechos Humanos de la ONU pronunciaran una sola palabra sobre los al menos 35 colombianos que la dictadura de Maduro mantiene secuestrados en cárceles venezolanas como piezas de la siniestra diplomacia de rehenes. A diferencia de Petro, el vocero de España rompió lanzas en Ginebra por sus 20 compatriotas —según las cifras actualizadas de Foro Penal— que corren la misma suerte, exigiendo su liberación inmediata e incondicional como parte de la denuncia global contra la represión postelectoral.
En ese mismo foro, el presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, sostuvo que “la vía del diálogo no debe estar cerrada en Venezuela”. Esa frase merece una aclaratoria categórica: lo que jamás debe estar cerrado es el acceso a la voz del pueblo venezolano, voz que fue negada por el fraude electoral de julio de 2024. La propia delegación brasileña, testigo privilegiado de aquellas jornadas, lo constató en el terreno y decidió castigar a Venezuela por esa farsa. Todo diálogo verdadero debe partir del reconocimiento inexorable de la voluntad popular y de la soberanía del pueblo venezolano, que no puede ser reemplazada por componendas diplomáticas ni por atajos que perpetúen la impunidad.
En conclusión, este descalabro no es un accidente: es el preludio del colapso inevitable de un régimen que ha convertido a Venezuela en un patio trasero para las mafias globales del narcotráfico. La defensa de los derechos humanos forma parte integral de los capítulos del Plan Tierra de Gracia, auspiciado por Edmundo González y María Corina Machado, que propone, como eje clave, una reconciliación basada en justicia y libertad. Al mismo tiempo, la guerra contra el narcotráfico se consolida y expande con la fuerza de una coalición internacional que se impondrá a las redes criminales que, bajo la protección de Maduro y sus compinches, han inundado el mundo de drogas a través de rutas libres en el Caribe que cruzan los paralelos que conectan a América, Europa y Asia.
Finalmente, el bien se impondrá sobre el mal que encarnan Maduro y su círculo de corruptos. La historia lo exige, y el pueblo venezolano, con dignidad inquebrantable, lo hará realidad. ¡No hay tablas que valgan para ocultar la verdad!