El Comienzo del Final

Por Antonio Ledezma

El Comienzo del Final

Durante años, la palabra soberanía ha sido utilizada como escudo retórico por gobiernos que no la ejercen para proteger a sus pueblos, sino para garantizar la impunidad de quienes concentran el poder y lo usan contra la sociedad. En Venezuela, ese concepto fue vaciado de sentido hasta convertirse en coartada: se invoca mientras se destruyen instituciones, se empobrece a millones y se persigue a quienes disienten.

El poder que hoy encabeza Nicolás Maduro se ampara en esa soberanía deformada para bloquear cualquier reclamo legítimo de cambio, justicia y dignidad. Lo hace mientras el país se desangra, mientras la represión se normaliza y mientras se cometen crímenes que ya no pueden ocultarse ante la comunidad internacional.

Estos no son juicios retóricos. Son hechos documentados. Así consta en los expedientes introducidos ante la Corte Penal Internacional y en los informes de organismos multilaterales que han descrito con precisión un entramado de violaciones sistemáticas a los derechos humanos. Venezuela no enfrenta una crisis abstracta: enfrenta las consecuencias de un poder que convirtió al Estado en botín.

Durante años también se repitió otro relato: que las amenazas externas buscaban “robarse el petróleo venezolano”. La realidad es otra. La principal industria del país comenzó a ser saqueada mucho antes, bajo una combinación letal de corrupción, improvisación y rapiña interna. No fue una potencia extranjera la que destruyó a PDVSA, fue el uso patrimonial del poder y la ausencia de controles lo que redujo a escombros una empresa estratégica.

Por eso, pensar la reconstrucción del país pasa por asumir una visión distinta. El Plan Tierra de Gracia plantea la creación de un hub energético que permita atraer inversiones con reglas claras y garantías jurídicas, al tiempo que genere recursos para una economía ordenada, diversificada, con su deuda renegociada y con capacidad real de recuperar servicios públicos hoy colapsados. Es una apuesta por la racionalidad económica y por el interés nacional, no por consignas vacías.

Resulta difícil no advertir la contradicción de quienes durante años construyeron su discurso sobre un antiimperialismo estridente y hoy practican, en silencio, una diplomacia de sometimiento. En público insultan; en privado negocian. Ese doble discurso dejó al desnudo un falso nacionalismo que ya no convence ni a sus propios voceros.

También quedó expuesta la fragilidad de un Estado que se presenta como asediado, pero que depende de apoyos externos para sostenerse. La presencia de fuerzas extranjeras en funciones de seguridad y control revela hasta qué punto se ha hipotecado la autonomía que dicen defender. La soberanía no se declama: se ejerce.

Frente a ese aparato de coerción, la legitimidad se desplazó hacia la ciudadanía. María Corina Machado y Edmundo González encarnan una voluntad que nació del voto, del respaldo popular y de una esperanza organizada. Lograron quebrar el miedo, incluso frente a un poder armado, a estructuras paralelas y a un aparato comunicacional diseñado para intimidar.

El 28 de julio, pese al uso abusivo de recursos públicos, al control institucional y al monopolio financiero y mediático, el pueblo venezolano se impuso. No fue un acto espontáneo ni un golpe de suerte. Fue el resultado de organización, convicción democrática y perseverancia.

Ese día marcó un punto de inflexión. Demostró que el poder no es invulnerable y que la voluntad ciudadana puede abrir grietas incluso en los sistemas más cerrados. También dejó claro que Venezuela no enfrenta a una fuerza política convencional, sino a una estructura que se resiste a reconocer el mandato expresado por millones de votos.

El escenario internacional comienza a registrar ese cambio. En particular, se observa una mayor atención de Estados Unidos hacia América Latina, con énfasis en el combate al narcotráfico, al terrorismo y en el respaldo a principios democráticos. Venezuela forma parte de ese tablero y su situación ya no puede seguir siendo ignorada.

El país ha hablado. Y cuando una sociedad se expresa con claridad, ninguna soberanía falsificada logra silenciarla indefinidamente. Es momento de cortar los flujos financieros que alimentan la represión, de liberar sin condiciones a los presos políticos, de comenzar a recomponer el tejido familiar roto por la persecución y el exilio.

El comienzo del final no se anuncia con estridencias. Se reconoce cuando el miedo cambia de bando y cuando la ciudadanía deja de resignarse. Ese momento ya está en marcha.