La Dignidad No Se Subasta

Por Antonio Ledezma

Escribo desde el exilio, tras una vida entera en el servicio público, para hablarle al país y a la comunidad internacional sobre lo que acaba de hacer la ilegítima Asamblea Nacional. — sobre lo que acaba de hacer la ilegítima Asamblea Nacional. Lo que venden como “reconciliación” es un montaje. Un teatro montado para humillar.

Pedir perdón, arrodillado y con la cabeza gacha, por delitos que jamás hemos cometido, es una vejación que no aceptaremos. Los principios no se pactan en mesas clandestinas ni se rematan en subastas políticas. La cárcel injusta es un suplicio; el exilio, una herida que no cierra. Pero asumir culpas fabricadas por quienes han perseguido y hostigado a miles de mujeres y hombres y al país entero, sería la más cruel de las flagelaciones morales para quienes jamás nos hemos doblegado.

Lo que llaman “ley de amnistía” no va de sanar heridas, como venden, sino de hacer como que nunca pasó nada. ¿Qué van a hacer, pedirles a los padres de los estudiantes asesinados que perdonen y punto? ¿Decirles a los hijos de Óscar Pérez que den las gracias? A las familias de presos políticos muertos en cautiverio seguro les dirán que fue un error burocrático, mala suerte, esas cosas pasan. Y mientras tanto, los militares y policías inocentes que se pudran. Eso sí: a los golpistas del 4F y el 27N, a esos hay que hacerles un monumento. La historia les importa solo cuando les queda bonita.

Una tiranía que pulverizó el Estado de Derecho no redime sus crímenes redactando decretos mediatizados. Si de verdad quisieran corregir sus desmanes, bastaría con que tomaran el manojo de llaves que guardan celosamente y abrieran, de par en par, las rejas de las cárceles y centros de tortura. Menos piruetas retóricas y más actos concretos. Menos discursos calculados y más valentía para abandonar el poder que usurpan.

No nos engañemos: ponerse “a derecho” ante jueces que son instrumentos políticos no tiene nada de jurídico. Es una rendición, así de simple. Nos piden que respetemos a los magistrados que inhabilitaron a María Corina Machado, que le pidamos clemencia al mismo árbitro que se robó las elecciones, y que de paso condenemos a la gente que defendió las actas con su voto. A quienes pasaron por La Tumba o El Helicoide — y los que sobrevivieron a cosas peores que ni salen en los titulares — les piden que se inclinen ante los mismos que los torturaron. Que les den las gracias, incluso. Ya ni saben lo ridículo que suenan.

¿También debemos pedir perdón a quienes desmantelaron la industria petrolera, saquearon PDVSA y entregaron millones de barriles a intereses extranjeros mientras el país se apagaba? ¿A los responsables del crimen ecológico en la Gran Sabana y el Arco Minero? ¿A quiénes arrasaron la Corporación de Guayana, destruyeron el sistema eléctrico, vaciaron el Banco Central de Venezuela y condenaron a maestros, médicos y jubilados a sobrevivir con salarios que insultan la dignidad humana? Pretenden convertir a las víctimas en culpables y a los culpables en redentores. Fin de mundo.

Esto no es una amnistía: es un traje legal para que los responsables de crímenes de lesa humanidad salgan limpios. Mientras tanto, negocian por debajo de la mesa lo que jamás reconocerán en público, y las víctimas que esperen. Que nadie se confunda: hay que garantizar que ningún venezolano vuelva a ser perseguido por pensar distinto, eso no está en discusión. Pero la reparación no puede ser un acuerdo a puerta cerrada de espalda a las víctimas.

Yo no voy a avalar un perdón diseñado para que los de siempre salgan impunes. Mi compromiso es con que haya justicia de verdad, y eso solo va a pasar cuando Venezuela sea libre. Los que se arrodillan hoy, que no cuenten con que mañana nadie se va a acordar.