¡Venezuela Necesita Apoyo!

Por Antonio Ledezma

¡Venezuela Necesita Apoyo!

El reciente pronunciamiento del Secretario de Estado de los Estados Unidos, Marco Rubio, ha vuelto a colocar sobre la mesa una verdad incómoda: el sistema multilateral nacido tras la Segunda Guerra Mundial atraviesa una crisis evidente de eficacia. Organismos diseñados para prevenir conflictos parecen hoy atrapados en la inercia burocrática, mientras las decisiones determinantes recaen en gobiernos que actúan frente a amenazas cada vez más complejas.

En el caso venezolano, algunos sectores europeos apelan al “derecho internacional” y a la “soberanía” para cuestionar cualquier iniciativa orientada a restaurar la democracia. Esa postura confunde deliberadamente conceptos esenciales. La soberanía pertenece al pueblo, no a quienes utilizan el aparato estatal para perseguir, reprimir o desmontar instituciones. Cuando un Estado deja de proteger a sus ciudadanos y se convierte en instrumento de opresión, la comunidad democrática tiene no solo legitimidad, sino responsabilidad de actuar.

La historia demuestra que la libertad rara vez ha sido fruto de esfuerzos aislados. Normandía en 1944 o la intervención tardía en los Balcanes recuerdan que la defensa de valores universales exige decisiones difíciles. Invocar la “no injerencia” como excusa absoluta equivale, muchas veces, a tolerar la perpetuación de regímenes que violan derechos fundamentales.

Hablar hoy de autodeterminación en Venezuela resulta aún más contradictorio cuando el país ha sido penetrado por intereses externos que operan con amplia libertad. La presencia cubana en áreas sensibles del Estado, la proyección estratégica rusa y las alianzas con Irán evidencian que la soberanía ya ha sido comprometida por dinámicas ajenas al interés nacional. Sin embargo, estas realidades rara vez provocan la misma indignación que el eventual respaldo de democracias aliadas.

El debate actual también refleja el agotamiento de una visión internacional que creyó que el comercio bastaría para moderar proyectos autoritarios. Durante años se privilegió la estabilidad económica sobre la defensa de principios, mientras ciertas corrientes políticas justificaban modelos que terminaron destruyendo economías, instituciones y tejido social en América Latina. Hoy queda claro que la política exterior no es una simple suma de acuerdos, sino un terreno donde se definen los valores que sostienen el orden global.

Venezuela no enfrenta una crisis convencional, sino la consolidación de un entramado político y criminal con ramificaciones internacionales. Por eso el reclamo de mayor firmeza no puede interpretarse como una amenaza, sino como el reconocimiento de que la neutralidad frente a las dictaduras termina favoreciendo su permanencia.

Si la democracia es un valor universal, su defensa también debe serlo. La soberanía no puede seguir siendo el argumento detrás del cual se ocultan quienes han vaciado de contenido las instituciones republicanas. Apoyar la recuperación democrática de Venezuela no es una intromisión arbitraria; es una respuesta coherente ante un escenario donde la verdadera injerencia ya ocurrió.

El momento exige claridad moral y responsabilidad política. Guardar silencio frente a la influencia de potencias autoritarias mientras se cuestiona el respaldo de naciones democráticas es una contradicción que la historia difícilmente absolverá.