De mal en peor
• Por Antonio Ledezma
Venezuela está en caída libre. Y lo más grave ---lo verdaderamente alarmante--- es que esa caída tiene responsables con nombre y apellido. No se trata de errores administrativos ni de simples desviaciones ideológicas; estamos frente a una corporación criminal que ha conducido a la Nación a un estado de ruina deliberada. Entre sus operadores más visibles destacan los hermanos Rodríguez, piezas clave de un engranaje que ha perfeccionado el expolio como política de Estado.
Hablo desde la experiencia de haber enfrentado, en carne propia, a ese aparato de dominación que no reconoce límites institucionales ni escrúpulos morales . Lo que hoy vemos no es casualidad, es el resultado de un proyecto que ha sustituido la República por un sistema de saqueo sistemático.
Los hermanos Rodríguez no son figuras decorativas. Han sido operadores activos de la degradación institucional, arquitectos de la opacidad y voceros de una narrativa diseñada para encubrir el desastre. Su papel ha sido funcional a un narcorégimen que necesita legitimarse mientras profundiza el colapso.
Han participado en la construcción de esa “pista de carritos chocones” en la que se ha convertido la política exterior venezolana, improvisando alianzas, montando falsos diálogos, entregando soberanía y comprometiendo el futuro del país. Pero más grave aún, han sido cómplices del silenciamiento de la verdad institucional, esa que hoy comienza a emerger, aunque sea de forma tardía y fragmentaria.
Los datos que ha escondido o maquillado el Banco Central de Venezuela ---comienzan a salir a la luz pública, forzado por exigencias internacionales--- no es una novedad: es la confesión tardía de un crimen prolongado. Esos datos, filtrados como si fueran un ejercicio técnico, son en realidad una radiografía del desastre. Veamos.
El PIB per cápita, que en 1999 se ubicaba en 4.133 dólares, cae a 3.088 en 2026. Pretenden hacernos creer que la contracción es de apenas 25%. Eso es, sencillamente, inverosímil. Es una cifra deslavada, que intenta maquillar una realidad mucho más dantesca.
El salario mínimo ha sido envilecido hasta niveles grotescos: de 203 dólares en 1999 a 0,36 dólares en 2026. Esto no es pobreza: es pauperización inducida.
La deuda externa pasa de 28 mil millones (1999) a 160 mil millones de dólares en la actualidad. Es decir, un incremento de más del 570%. Cada venezolano carga ahora con una losa financiera cinco veces mayor. ¿Dónde están esos recursos? Esa es la pregunta que desnuda el expolio. Venezuela recibió un torrente de petrodólares, a eso se deben sumar los miles de millones que entraron como parte de las operaciones con el Fondo Chino y otras hipotecas que comprometen el futuro de la Nación.
Las reservas internacionales caen, el oro desaparece ---prácticamente saqueado--- y la producción petrolera se desploma a niveles preocupantes. Todo ello mientras la inflación se dispara a niveles hiperinflacionarios y la pobreza extrema alcanza cifras propias de escenarios de guerra. Es que esto es medular: no estamos ante una crisis coyuntural, sino ante la demolición estructural de un país.
Las cifras sociales son aún más elocuentes. Más del 70% de la población en pobreza extrema. Una canasta alimentaria que supera ampliamente la capacidad adquisitiva de los ciudadanos. Un poder de compra reducido a una cuarta parte de lo que era.
Las universidades ---símbolos del ascenso social--- han sido asfixiadas presupuestariamente, mientras el gasto militar crece. Se privilegia el control sobre el conocimiento. Se invierte en coerción, no en educación. Los profesores universitarios, otrora referentes de dignidad, hoy perciben salarios que oscilan entre centavos y poco más de un dólar mensual. Eso no es solo una injusticia: es una política deliberada de destrucción del capital humano.
Y, sin embargo, pretenden vendernos una narrativa de “estabilización”. Una farsa. Una burla. Una tratativa oscura que busca prolongar la agonía del país. Mientras esa estructura de poder siga intacta, el deterioro continuará. Porque este modelo no corrige: se reproduce en la ruina. Es una culebra flágida que ya no tiene fuerza, pero aún inocula veneno.
Tanto nadar para morir en la orilla sería aceptar esa continuidad.
Frente a este panorama, no hay espacio para ambigüedades. La solución pasa por una transición real, no por simulacros. Esa transición debe estar anclada en elecciones libres, con garantías verificables y con un calendario absolutamente cierto. No más dilaciones. No más trampas. Y debe ser conducida por el liderazgo legítimo que hoy encarnan María Corina Machado y Edmundo González. Ellos representan ese mandato indomable que el régimen pretende desconocer. Es allí donde se juega el destino de Venezuela: entre la prolongación del oprobio o la apertura de una alborada.
La verdad es que no hay tragedia económica sostenible en el tiempo sin la degradación previa de las instituciones llamadas a evitarla. Y en el caso venezolano, el Banco Central dejó de ser un árbitro técnico para convertirse en un apéndice de esa corporación criminal que ha secuestrado al Estado. Lo que alguna vez fue un ente rector de la política monetaria, concebido para preservar el valor de la moneda y garantizar la estabilidad, fue transformado en una vulgar imprenta al servicio del poder. Dinero inorgánico emitido sin respaldo, sin disciplina y sin transparencia, utilizado como parche para encubrir el colapso fiscal que ellos mismos provocaron. Es que esto es medular. Cuando un Banco Central pierde su autonomía, lo que se pulveriza no es solo la moneda, es la confianza de toda una Nación.
Desde allí se manipulaban cifras, se ocultaban indicadores y se retardaban publicaciones para taparear la verdad. La inflación real ---esa que devora salarios y destruye ahorros--- fue sistemáticamente acicalada. Las reservas internacionales fueron dilapidadas con opacidad, y el oro, ese último resguardo de soberanía, terminó siendo objeto de un tráfico propio de mafiosos que aún hoy clama por rendición de cuentas. No hay forma de edulcorar esta realidad. Convirtieron al Banco Central en un reducto de la mafia dictatorial. Y cuando eso ocurre, el daño trasciende lo económico; se instala un modelo de mentira institucionalizada donde ninguna cifra es creíble, ninguna promesa es confiable y ningún ciudadano puede planificar su futuro. Las consecuencias están a la vista: hiperinflación, salarios paupérrimos, destrucción del crédito, fuga de capitales y un país entero sometido a la incertidumbre permanente. Por eso, la reconstrucción de Venezuela pasa ---ineludiblemente--- por la restitución de la autonomía del Banco Central, la transparencia de sus operaciones y la rendición de cuentas de quienes lo utilizaron como caja negra de la corrupción. Porque sin instituciones confiables, no hay República posible. Y sin República, lo que queda es la incertidumbre.
Venezuela será reconstruida. No tengo dudas. Pero esa reconstrucción exige verdad, justicia y dignidad. No queremos pasar de víctimas a verdugos. Queremos un país donde la ley sustituya al capricho, donde la meritocracia reemplace al amiguismo y donde el futuro deje de ser una promesa para convertirse en una realidad tangible. Porque sí, todos quieren el petróleo. Pero Venezuela quiere algo más grande. Quiere justicia. Quiere libertad. Quiere volver a ser República. Y eso ---conviene repetirlo--- no será posible mientras los responsables de esta tragedia sigan aferrados al poder. De mal en peor… hasta que decidamos cambiar el rumbo.