Una lección de fe y de ciudadanía

Por Antonio Ledezma

El Papa León XIV saluda a feligreses durante su visita a Madrid
El Papa León XIV saluda a feligreses durante su visita a Madrid

Madrid ha vuelto a contemplarse en el espejo de su propia grandeza. No es la primera vez que esta urbe milenaria y vanguardista se somete a la prueba de fuego de las grandes convocatorias, pero lo vivido recientemente en sus calles, plazas, avenidas, palacios, sedes gubernamentales, parlamentarias e instalaciones deportivas trasciende lo meramente logístico para convertirse en un hecho sociológico de profunda significación. La visita de Su Santidad, el Papa León XIV, no solo ha movilizado millones de almas unidas por la devoción; ha sido, ante todo, un baño de civismo, una demostración inequívoca de cuánto ha madurado esta colectividad.

En el centro de esta histórica jornada ha brillado con luz propia la humanidad del Vicario de Cristo. Imposible no conmoverse ante la felicidad que irradiaba el Santo Padre: esa sonrisa natural y espontánea, esa sencillez evangélica y una cercanía genuina con los feligreses que disolvía cualquier distancia protocolar. Hemos visto a un Papa con una disposición absoluta a escuchar conmovido a quienes le cantaban, y a mirar con profundo respeto a quienes danzaban ante su escrutadora pero bondadosa mirada. Su atención no decayó un solo instante; puso un interés vibrante en cada discurso, desde las emotivas palabras del actor Antonio Banderas hasta los mensajes institucionales de las diferentes autoridades. Verlo abrazar con entrañable placer a cada niño y agradecer con visible emoción cada presente puesto en sus manos, nos devolvió la imagen más auténtica y esperanzadora de la fe.

El mundo entero ha puesto los ojos en España y, de manera muy especial, en su capital. Lo que las pantallas y las crónicas han transmitido a los cinco continentes es la estampa de una sociedad desbordada de fe, pero rigurosamente encauzada en el respeto mutuo. Hemos sido testigos de manifestaciones masivas de optimismo, esperanza y una devoción cristiana que se palpa en el ambiente, pero que convive en perfecta armonía con los valores de la tolerancia y la convivencia democrática.

Esa madurez de la sociedad madrileña no es fortuita; es el resultado de un código invisible pero potente que sus ciudadanos han decidido adoptar como estilo de vida. Madrid se da a sí misma una lección de comportamiento cívico en cada evento, sea cual sea su dimensión. Lo vemos de manera cotidiana en sus ceremonias deportivas, donde la pasión de las fanaticadas se desborda en las gradas, pero bajo el amparo de reglas de funcionamiento que todos aceptan, cumplen y respetan a cabalidad. Lo palpamos también en los macroconciertos artísticos, donde astros capaces de convocar a decenas de miles de personas hacen vibrar los escenarios; allí no solo resuena la voz de los cantantes o las notas musicales de las bandas, sino el compás ordenado, pacífico y alegre de los asistentes.

Sin embargo, la visita papal ha elevado este listón a una escala sobresaliente. Las gigantescas concentraciones humanas, el desfile interminable de miles de jóvenes provenientes de todas las latitudes, y el entusiasmo contagiante de una juventud que cree y construye, se desarrollaron con una fluidez pasmosa. Esto solo es posible gracias al acoplamiento perfecto de las autoridades en todos sus niveles ---local, autonómico y nacional--- que, trabajando en sintonía con la gente, demostraron una capacidad organizativa ante la cual el mundo entero, legítimamente, tiene que quitarse el sombrero.

No es casualidad, por tanto, que España y su capital reciban a diario a millones de turistas y peregrinos procedentes de los rincones más recónditos del planeta Tierra. Quien visita Madrid no solo busca su deslumbrante patrimonio histórico, su gastronomía o su dinamismo económico; busca también esa sensación de seguridad, libertad y respeto que solo una sociedad verdaderamente civilizada puede ofrecer.

La lección que Madrid ha dictado estos días es clara: la fe y la ciudadanía no se excluyen; al contrario, se potencian cuando se viven desde la responsabilidad compartida. Madrid no solo es la casa de todos los españoles y un faro para Europa; hoy es, con toda justicia, un ejemplo global de cómo la masividad puede ser sinónimo de pulcritud, y de cómo el entusiasmo de un pueblo puede convertirse en la más hermosa obra de arte cívico.

Por mi parte, como venezolano, el pecho se me inundó de un legítimo orgullo patrio al presenciar la sublime actuación de nuestros músicos congregados en la Orquesta Cruz-Diez. Su impecable ejecución musical ante Su Santidad es el reflejo exacto del verdadero gentilicio nacional: la estampa civilista, talentosa y digna de esos millones de venezolanos que siguen luchando con coraje dentro de nuestra patria, así como de aquellos que hoy sobrellevamos, con la frente en alto, el dolor del forzado destierro. En ese escenario, Venezuela también le dio un mensaje de luz al mundo.

¡Enhorabuena, Madrid!