Entre bandas y mafias te veas
• Por Antonio Ledezma
El legado del chavismo, el madurismo y, ahora, el de sus sucesores, en Venezuela, no se mide únicamente por el colapso económico o institucional; se mide, fundamentalmente, por su descomposición moral. Durante más de dos décadas, el poder no solo ha amparado el delito, sino que lo ha transformado en un modelo de dominación y en una herramienta de control social mediante el empobrecimiento calculado de la población. Los “malos ejemplos” que este sistema ha institucionalizado se agrupan en categorías que reflejan la degradación absoluta del país.
El caso de Héctor Guerrero Flores (alias “Niño Guerrero”) y el “Tren de Aragua” es el ejemplo más fehaciente de cómo el régimen delegó el control territorial y penitenciario en el hampa organizada. Se trata de un modelo aplicado bajo la mirada complaciente —y la confabulación activa— de ministerios, entes militares, policiales y custodios de las cárceles venezolanas, como Tocorón, que se transformaron en centros de operaciones transnacionales equipados con piscinas, discotecas y campos de golf. Allí, el pran (acrónico de Preso Rematado, Asesino Nato, según el Observatorio Venezolano de Prisiones y reportes de investigación de InSight Crime) dejó de ser un simple recluso para convertirse en una autoridad paraestatal que ejerce el poder de facto dentro de los recintos penitenciarios, manejando tanto a la población penal como los negocios ilícitos de cada prisión. El mensaje para la sociedad fue devastador: el crimen paga, protege y se coordina con el poder político.
Por eso, ante lo que ocurre en Venezuela, debemos entender que la tragedia nacional no cesa ni se disipa con la caída o desaparición del cabecilla de esta banda transnacional. Todo lo que representa ese enclave mafioso está enquistado en los niveles más recónditos de un armazón corrupto que hoy acusa metástasis. El “Niño Guerrero” es solo un síntoma; la enfermedad es el sistema. Esta realidad es la mera consecuencia del populismo más rancio, visible desde las frenéticas imposturas y artificios de Hugo Chávez, pasando por la desfachatez con la que hablaba y amenazaba Nicolás Maduro, hasta la insolencia de los hermanos Rodríguez, quienes han dado un giro copernicano en lo que a sus supuestos “ideales revolucionarios” respecta. (Para conocer más a fondo el origen, desarrollo y operaciones de esta banda, recomiendo leer el magnífico trabajo de investigación realizado por la periodista Ronna Rísquez en su libro “El Tren de Aragua”).
La destrucción de la meritocracia dio paso a una nueva casta de operadores financieros cuyo único mérito es la lealtad al bolsillo jerárquico. Alex Saab —quien llegó a encarnar la más escalofriante mordacidad del régimen— pasó de ser un vendedor ambulante de “cualquier cosa”, a convertirse en el “diplomático” de la necesidad y en el representante de “la revolución” en las mesas de diálogo. Su enriquecimiento se basó en el monopolio de los CLAP, importando comida de pésima calidad (y a menudo sobrefacturada) para un pueblo con hambre. Su posterior liberación y nombramiento como ministro no es más que la normalización de la impunidad.
Esta matriz de corrupción no es nueva. Ya en tiempos de Hugo Chávez, el hallazgo de miles de toneladas de alimentos vencidos y descompuestos en los puertos (el caso de la “comida podrida” de PDVAL) evidenció que el negocio real nunca fue alimentar al pueblo, sino obtener las divisas preferenciales para la importación.
Por otro lado, los “Boli-chicos” —una élite vinculada al poder que, aprovechando la crisis eléctrica y los controles de cambio (CADIVI), sobrefacturó miles de millones de dólares en plantas y gabarras obsoletas— representan el contraejemplo del esfuerzo, amasando fortunas súbitas a costa de dejar al país a oscuras.
En conclusión, todo lo que viene aconteciendo en Venezuela: el desmadre de su economía; ese espeluznante saqueo de sus capitales; el peso monumental de una injustificada deuda externa; el colapso de los servicios públicos; el atropello a los derechos humanos, a la libertad de expresión y a la propiedad privada, es la consecuencia de la pulverización de su entramado institucional. Liquidaron la democracia y montaron una dictadura. Ese es el engendro de esas bandas y mafias.