La Venezuela después de la tragedia
• Por Antonio Ledezma
Venezuela hoy no solo arrastra el peso de una crisis política y económica sin precedentes; hoy el dolor se profundiza ante la catástrofe humana y material que acusa a nuestra nación, severamente impactada por los recientes sismos. Las imágenes de destrucción en nuestras ciudades son el reflejo físico de un país golpeado en su fibra más íntima. Ante este escenario devastador, Venezuela se encuentra en una encrucijada histórica que exige algo más que simples reformas superficiales; requiere una refundación estructural desde sus cimientos.
Frente a esta emergencia, el Plan Tierra de Gracia, concebido con rigurosidad desde hace meses como la hoja de ruta para nuestra liberación y desarrollo, requerirá ahora de un capítulo especial consagrado exclusivamente a un Plan de Reconstrucción Integral para el Estado Vargas, las áreas impactadas en Caracas y demás localidades del país.
Sin embargo, es ineludible entender que emprender el camino hacia la reconstrucción nacional no admite atajos y transita, obligatoriamente, por cuatro vías fundamentales: el rescate urgente de las instituciones, para que podamos hablar con propiedad de Estado de Derecho y separación de poderes; la disciplina monetaria para erradicar el flagelo inflacionario; el reordenamiento responsable de las finanzas y la deuda pública; y la revitalización profunda de los servicios básicos y el sistema educativo. Solo mediante la restitución del hilo institucional y la mirada puesta en la vanguardia del desarrollo global será posible rescatar a la nación del abismo, levantarla de los escombros y devolverle la dignidad a sus ciudadanos.
La historia universal nos demuestra que ningún suelo está condenado a la ruina perpetua si existe la voluntad política y la unión de un pueblo. Grandes naciones de Europa y Asia quedaron reducidas a cenizas y escombros tras padecer las consecuencias devastadoras de las Guerras Mundiales. Ciudades enteras fueron borradas del mapa y sus economías quedaron pulverizadas. Sin embargo, lejos de resignarse al destino de la tragedia, implementaron planes audaces de reconstrucción masiva, apuntalados por la disciplina, la transparencia y la ayuda internacional. Aquellos países que parecían inviables tras la guerra se levantaron con más fuerza, convirtiéndose en las potencias institucionales y económicas que hoy lideran el mundo. La tragedia de los terremotos que hoy nos enluta no es el fin de nuestra historia; es el punto de partida para demostrar la resiliencia del pueblo venezolano. Si el Viejo Continente pudo renacer de sus cenizas, Venezuela también lo hará bajo el diseño estratégico de nuestro plan de reconstrucción.
Para financiar este gigantesco esfuerzo de reconstrucción sin caer en los errores del pasado, el primer paso imperativo es darle un freno definitivo a las emisiones de dinero inorgánico, que es la locomotora que desboca la inflación. Esta práctica está explícitamente prohibida en la Constitución, pero el desorden financiero que puso en escena Hugo Chávez, y que han continuado sus herederos, nos ha conducido a este desastre.
No titubearon a la hora de pisotear la Ley del Banco Central de Venezuela (BCV), la cual limita estrictamente el financiamiento a empresas del Estado. Lo hicieron deliberadamente con la petrolera estatal (PDVSA), inyectándole miles de millones de dólares por mes que terminaron desapareciendo en las garras de la corrupción. Por ello, es urgente poner un límite drástico a estas acciones: ese libertinaje se tiene que acabar. El Banco Central no debe prestar dinero a ninguna empresa o institución del sector público. Recuperar nuestro signo monetario ---hoy distorsionado y pulverizado por el populismo y el tráfico de corruptelas--- solo será posible cuando en Venezuela existan verdaderas instituciones y una real separación de poderes, comenzando por devolverle la autonomía y la institucionalidad al BCV.
La certidumbre y el respeto a la norma son las mejores herramientas para atraer las inversiones que levantarán los edificios, puentes y escuelas caídas. A la vista está el ejemplo que irradia la presidenta electa del Perú, Keiko Fujimori. Una de sus primeras diligencias fue concertar un encuentro con el presidente en funciones del Banco Central de Reserva de la República del Perú, Julio Velarde, para pedirle que continúe al frente del instituto emisor peruano, conduciendo la política monetaria como garantía de estabilidad, confianza y seguridad jurídica.
Basta con observar que en medio de una crisis política, en la que han sido destituidos, en seguidilla, varios Presidentes de la República, ese país tiene más de 100 mil millones de dólares en reservas, presentando a la economía peruana como una de las de mayor respaldo financiero de América Latina, además de un nivel de inflación envidiable y en donde la metodología de controles de cambio escapa a las manipulaciones intervencionistas. Esa madurez y blindaje institucional es el norte que guiará el manejo de los recursos en la nueva Venezuela, que hoy cuenta con un menguado monto de reservas.
Transparencia para desatar las cadenas de la deuda
De forma simultánea, la renegociación y reestructuración de la deuda pública se presenta como otra tarea urgente para poner orden en el país, especialmente ante la enorme incertidumbre que generan los compromisos contraídos con China, Rusia e Irán, así como el caso de la deuda en bonos, que refleja innumerables irregularidades. Esa renegociación debe llevarse adelante con la mayor transparencia, bajo la dirección de venezolanos capacitados y comprometidos éticamente con el interés de la república. Solo saneando nuestras cuentas y liberándonos de los amarres de la opacidad podremos garantizar el flujo de recursos limpios y productivos destinados a devolverle la seguridad, la infraestructura moderna y el progreso, no solo al Estado Vargas, también a nuestra capital y a cada rincón de la patria golpeado por la adversidad.
Asimismo, resulta imperativo crear un fondo de ahorro intergeneracional y de estabilización macroeconómica. En el pasado, Venezuela dio pasos importantes en ese sentido: primero se creó el Fondo de Inversiones de Venezuela (FIV) durante la primera administración de Carlos Andrés Pérez; posteriormente, el propio expresidente Pérez replanteó este modelo en su segundo mandato con el proyecto del Fondo de Ahorros de la Nación. Aunque esa idea fue inicialmente dejada de lado, el Dr. Rafael Caldera la retomó en su segundo mandato a partir de 1994 bajo el nombre de Fondo de Estabilización Macroeconómica, un instrumento que lamentablemente fue desvalijado por el régimen de Hugo Chávez.
Por otra parte, la recuperación de la red de servicios públicos es un clamor nacional insoslayable. Lo que está dejando el cacareado «Socialismo del Siglo XXI» es un desastre visible en un país en ruinas: no hay luz, no hay agua potable, ni contamos con un transporte público digno. Los hospitales están sin personal adecuado, sin insumos, sin medicinas y con infraestructuras totalmente deterioradas. En esa misma situación de devastación se encuentran las escuelas: sin maestros, con más de un millón de niños al margen de la escolarización, y con alumnos desnutridos que acusan un rezago asombroso en comparación con el rendimiento que se verifica en países vecinos de América Latina. La educación que debemos poner en marcha en Venezuela debe estar interrelacionada con el salto tecnológico que impacta al mundo. Estar ajenos a esos espectaculares avances científicos, como el que representa la inteligencia artificial, es resignarse a quedarse estancado como país en el más lamentable y desolador atraso.
A pesar de la magnitud de la ruina material y moral que hoy padecemos, la última palabra no la tiene el desastre originado y arrastrado, con y desde la aplicación de las erráticas medidas en Venezuela en estos pasados 5 lustros, y agravado por los efectos demoledores de los recientes terremotos. La última palabra resuena en la inquebrantable voluntad de su gente. Venezuela posee el talento, la memoria histórica de sus aciertos y el coraje necesario para levantarse de las cenizas. La reconstrucción de nuestras instituciones, el renacer de nuestras aulas y el reencuentro de las familias separadas por el éxodo no son metas inalcanzables, sino promesas pendientes que estamos decididos a cumplir. Más allá de la oscuridad del presente, brilla la certeza de una nación libre, próspera y moderna; un país que volverá a ser foco de libertad en el continente y donde las nuevas generaciones podrán crecer, crear y triunfar bajo el cielo de una patria digna y soberana. La hora de la reconstrucción ha llegado, y el futuro nos pertenece.