La Soberanía Entregada

Por Antonio Ledezma

La Soberanía Entregada

El grito de “defendamos la soberanía de Venezuela” por parte de Nicolás Maduro y su séquito no es más que una burla a la inteligencia del pueblo venezolano. Es una falacia pronunciada por quienes han sido los principales artífices de la entrega de nuestra soberanía, un patrimonio que nos fue legado por nuestros libertadores y que hoy se encuentra pisoteado y subastado al mejor postor.

La soberanía no es solo un concepto geográfico que delimita las fronteras de una nación, sino que abarca también el derecho inalienable de un pueblo a autodeterminarse. Se manifiesta en la capacidad de una nación para ejercer autoridad sobre su territorio y sus ciudadanos, libre de injerencias externas. Sin embargo, en un sentido más profundo y democrático, la soberanía reside en el pueblo, en su potestad de elegir libremente a sus gobernantes y definir su destino político.

Este derecho soberano se expresa de manera contundente a través del sufragio universal, donde la voluntad popular se erige como la máxima autoridad. Cuando un pueblo, como lo hicieron millones de venezolanos el pasado 28 de julio de 2024, se manifiesta masivamente en las urnas para designar a Edmundo Gonzalez Urrutia como su presidente electo, está ejerciendo plenamente su soberanía. Ignorar o pretender anular o robarse ese veredicto popular, como lo hace descaradamente el régimen de Nicolás Maduro, no solo es un ataque a la democracia, sino una flagrante violación de la soberanía de la nación. Por lo tanto, la defensa de la soberanía no se limita a la protección del territorio, sino que incluye, de manera primordial, la salvaguarda del derecho de un pueblo a decidir su futuro sin imposiciones ni fraudes. La soberanía popular es el pilar fundamental de cualquier sistema democrático. Es la garantía de que el poder emana del pueblo y se ejerce para su beneficio. Cuando esta soberanía es ultrajada, se desvirtúa el contrato social y se abre la puerta a la tiranía. 

¿De qué soberanía hablan? ¿De la que se postró ante el régimen castrista, convirtiendo a Venezuela en el único país del mundo que paga con petróleo para ser invadido, ideológica y militarmente, por una nación extranjera? Chávez y Maduro han transformado a Venezuela en una colonia energética de Cuba, cediendo no solo nuestros recursos, sino también parcelas fundamentales de nuestra administración pública, seguridad e inteligencia. 

Hugo Chávez, desde 1999, hasta su fallecimiento en 2013, secundado incondicionalmente por Nicolás Maduro, rindió homenaje póstumo a los protagonistas de la fracasada invasión de Machurucuto (1967), debido a sus veleidades con Fidel Castro y su identificación con los “ideales revolucionarios” que inspiraron esa aventura. La invasión de Machurucuto fue un intento fallido de intervención militar organizado por Fidel Castro desde La Habana con el objetivo de apoyar a las guerrillas venezolanas de la llamada izquierda, inspiradas en la Revolución Cubana. Fidel Castro buscaba derrocar el gobierno democrático de Venezuela presidido por el presidente Raul Leoni. Aunque la operación fracasó, evidenciando que fue un error estratégico, tal como lo reconoció uno de sus más reconocidos participantes, Héctor Pérez Marcano, vimos como Chávez y Maduro, décadas después, la reinterpretaron “como un acto de resistencia antiimperialista alineado con su proyecto de la Revolución Bolivariana”. Esto era coherente con su visión de glorificar las luchas revolucionarias, incluso las fallidas, como pasos hacia la emancipación de los pueblos.

La entrega de nuestra soberanía no se limita a Cuba. Se ha extendido a los grupos narcoguerrilleros de las FARC y del ELN, a quienes se les ha otorgado carta blanca para desplazarse impunemente en territorio venezolano, convirtiendo a nuestro país en su santuario y base de operaciones. Esto no es solo una afrenta a nuestra soberanía, sino una amenaza directa a la seguridad de la región y una complicidad con el crimen organizado transnacional.

Más aún, Chávez antes, y ahora Maduro, han convertido a Venezuela en el “patio trasero” de entes del terrorismo internacional. La entrega de documentos de identidad a cabecillas de Hezbolá y la concesión de licencias para la explotación irregular de nuestras riquezas minerales en el Arco Minero, son pruebas irrefutables de cómo la soberanía ha sido canjeada por intereses oscuros y perversos, dañando irreparablemente nuestro ecosistema y el futuro de las generaciones venideras. 

La intromisión en asuntos internos de otros países es otra muestra de este concepto de soberanía prostituida. Recordamos cómo Maduro se vio forzado a “salir corriendo” del palacio presidencial de Paraguay, después de haber indignado a los militares de ese país, por su desfachatez actuación, registrada en videos, en los que aparece pretendiendo dar órdenes a los integrantes del alto mando castrense de ese hermano país, tratando, inútilmente, de mantener en el poder a un aliado del chavismo, el expresidente  Fernando Lugo. 

Esta injerencia no se limita a Paraguay; se ha replicado en Argentina, Bolivia, Ecuador y Nicaragua, utilizando el petróleo venezolano como herramienta para doblegar voluntades y exportar un modelo fracasado. Basta con inventariar el destino pecaminoso de los recursos petroleros venezolanos en el ámbito del caribe. ¿Por qué Maduro no tuvo esos arrestos de soberanía, cuando actuaba como Canciller de Hugo Chávez, y le alcahuetea en su conducta entreguista de nuestros derechos en el territorio del esequibo? 

¿De qué soberanía hablan? ¿De la soberanía del Cartel de Los Soles para traficar a sus anchas, con la complicidad de las más altas esferas del poder? ¿De la soberanía de los jefes de la narcoguerrilla colombiana que tienen al territorio venezolano como su guarida, mientras nuestros ciudadanos padecen la inseguridad y la falta de oportunidades? ¿Y qué puede decir Maduro de la soberanía popular ultrajada?. Esa auténtica soberanía que se puso de manifiesto, contundentemente, el pasado 28 de julio de 2024 y que le han escamoteado a los ciudadanos. La soberanía de la que habla el régimen es una farsa, una mentira que busca encubrir la traición a la patria y la entrega descarada de nuestro territorio, nuestros recursos y nuestra dignidad. La verdadera soberanía, la que anhela el pueblo venezolano, es la que se recupera con libertad, democracia y el respeto irrestricto a los derechos humanos. Esa es la soberanía que debemos defender y por la que seguiremos luchando incansablemente.